26 nov. 2021
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La fuerza de la palabra



Medios



La creciente exposición a las pantallas y el uso de las nuevas tecnologías, potenciada por las inéditas condiciones de desenvolvimiento social derivadas de la pandemia, está provocando serias complicaciones intelectuales y también físicas, sobre todo en niños y adolescentes. Al menos, es lo que plantea el neurocientista Michel Desmurget en el trabajo publicado bajo el título “La fábrica de cretinos digitales”; allí, el autor sostiene que el abuso de los dispositivos tecnológicos está logrando un impacto negativo en la memoria, en la capacidad de concentración y, sobre todo, en el lenguaje del sector más joven de la población mundial. Estas afirmaciones se conectan con estudios que revelan una disminución apreciable en el valor del Coeficiente Intelectual entre quienes hacen un uso abusivo de las pantallas y de los dispositivos tecnológicos.


Más allá de las objeciones que puedan hacerse a los métodos o a los criterios con los que se hacen las mediciones del IQ y del rigor científico que asiste a las cuantificaciones para determinar una mayor o menor inteligencia, lo cierto es que el lenguaje ha ido sufriendo modificaciones que ya han dejado de ser nimias o poco significativas. Hasta puede hablarse de una declinación en el uso de las palabras y su reemplazo por abreviaturas, onomatopeyas o signos gráficos (como los emoticones y los stickers). Y debe reconocerse que, aún en idiomas ricos y floridos como el nuestro, la reducción del vocabulario a unos pocos centenares de palabras resulta más que evidente en la formulación de cualquier texto. A esta sequía contribuye la declinación severa y constante en el consumo de libros de lectura y su reemplazo por entretenimientos tecnológicos, y también la evolución en el lenguaje audiovisual, en el que el texto va siendo paulatinamente suplantado por estímulos visuales cada vez más potentes; los guiones de la absoluta mayoría de los productos cinematográficos o televisivos usan muchas menos palabras y las utilizan en parlamentos menos elaborados que los que mostraban hace algunos años.


El problema es que, siguiendo entre otros a Gramsci, es la palabra la que tiene una incidencia decisiva en la formulación del pensamiento; esta declinación en el uso del lenguaje, entonces, se ve reflejada en una dificultad creciente en la capacidad de manejar las ideas y las abstracciones, de conectar y relacionar conceptos, de elaborar razonamientos de cierta complejidad. En tal caso, deprimida la capacidad de pensar y de razonar, serán las emociones las que gobernarán la acciones y orientarán las decisiones del individuo. Y este fenómeno tiene particular relevancia entre los jóvenes y los adolescentes, ya que sus cerebros están aún en formación y en etapa de crecimiento.


Quizá en este lento pero inexorable proceso esté la clave de ciertos comportamientos que se observan en todo el mundo. En nuestro país, la campaña electoral que ahora experimenta una pausa para la celebración de las PASO pero que volverá recargada con vistas a las elecciones legislativas de noviembre, pone dramáticamente en el centro de la escena esta carencia en la exposición de ideas y de propuestas y su reemplazo casi brutal por imágenes, frases hechas y símbolos visuales. No hay debate, no hay (salvo raras excepciones) planes de acción a futuro claramente expuestos; esto es particularmente contradictorio ya que se trata de elecciones legislativas y no de renovación del Ejecutivo. Es que resultaría árido y farragoso enumerar futuras acciones en el Congreso; sería aburrido y pocos se detendrían a estudiar esas propuestas. Sobre todo entre los jóvenes, ese sector de nuevos votantes que todos los candidatos se disputan, y cuyo comportamiento electoral es una incógnita que enloquece a los encuestadores.


Rinde mucho más en términos electorales apelar a sentimientos y emociones primarias… por eso abundan los “No”, los “Basta”, los “Impedir”, los “Terminemos” entre las breves y a veces inconsistentes consignas de campaña. Y el modo indignado, las frases ásperas, el tono de voz elevado (los gritos) o los insultos van cobrando cada vez mayor volumen, porque es precisamente en ese campo en el que la manipulación de las emociones se torna más eficaz.


No sólo en la tribuna partidaria es donde se aprecian estos cambios de comportamiento. Las restricciones que aún impone la pandemia impiden los actos multitudinarios que siempre fueron el marco natural de las campañas electorales. Los estudios de televisión (cada vez menos periodísticos y cada vez más partidarios) y las redes sociales se han convertido en los nuevos campos de batalla desde los que los candidatos lanzan apelaciones emotivas antes que propuestas políticas o planes destinados a resguardar los derechos y mejorar las condiciones de vida del pueblo argentino.



Por Juan Carlos Di Lullo





12 sept. 2021, by: FM 98.3

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